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CARTA
A LOS ABUELOS EN NAVIDAD
Como siempre, a los que quieran leerme.
Decid a los nietos, convencidos vosotros, que Dios siempre
ha pensado en los hombres, en los hombres y en las mujeres.
Si habrá pensado en ellas, que eligió a una mujer para
aparecer en la tierra, hace algo mas de veinte siglos y
convivir con nosotros.
Y en este pensar y amarnos desde
siempre, tuvo esa “ ocurrencia “ maravillosa – las
ocurrencias de Dios habitualmente son milagros – de vivir en
la tierra; hacerse uno igual a nosotros, para que le
conociéramos y para, al mezclarse con sus iguales en el
mundo, abrir una senda que durante treinta años y en una
aparente obscuridad, enseñarnos – con su ejemplo –a hacer de
la vida un camino que nos lleva al final deseado, que será
encontrarnos con quien, al hacerse niño muestra una de sus
Manifestaciones que tal vez no sea la mas grandiosa, pero
desde luego es la de mayor ternura. Hacerse Niño, tener una
madre como la nuestra, que también es nuestra Madre. Una
mujer excepcional, Excelsa Criatura la define la Iglesia;
Excelsa pero sencilla, desconocida e ignorada en una aldea
perdida en el mundo. María de Nazaret.
Si te parece algo complicado para el
nietecillo, limítate a decirle que celebramos el cumpleaños
de un Niño, que es tan niño como vosotros y le gustan las
chucherías, los juguetes...y sobre todo, el cariño, el
corazón y los besos de los hombres y mujeres –que se hagan
también como niños – de todo color y raza. Y nace para
todos, para los buenos y los menos buenos, que ante la
mirada tierna de un niño, cuesta ser malo. A los
maltratadores, por hoy ni los nombramos.
Podemos cogerle en brazos y decir a su
Madre...déjame al Niño bailar, que es Madre lo que mas
quiero. Y a José y María, que no son ni dioses ni
semidioses, cántales con los niños...Enhorabuena María,
enhorabuena José, ya nos ha nacido el Niño...qué bien se
está con los tres.
María y José son entrañables, como
todos los padres debieran ser, y quieren a su hijo, que es
Dios, con locura y cuando ven la alegría, cuando ven nuestro
contento y emoción, su ternura también se desborda y quieren
mostrarnos a su Hijo, despertar nuestra inteligencia para
poder comprender ese milagro de Amor, que es la presencia de
Dios entre los hombres. Un Dios que nace pobre, derrochando
amor se hace niño para que nos hagamos como tales, sin
complicaciones y en la sencillez le merezcamos.
Y...Hombre imitable, nos quiere
imitadores en la humildad, en el espíritu de servicio – que
no es servilismo - generosidad y entrega; lo que un padre
quiere y espera de un buen hijo. Nos da ejemplo, durante
treinta años, trabajando y obedeciendo, y era Dios.
Ante esta entrega, sólo nos pide una
correspondencia a su amor, que a la vez lo exterioricemos en
los que nos rodean. Con naturalidad, sin aspavientos de
fotografía, con sencillez, sin complicaciones.
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Alfredo Hernández Sacristán |
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Sentida despedida
Llevo unos días intentándolo, aunque
solo sea por seguir el mandato del médico, que me obliga a
ello. Me refiero a la escritura, a ese artículo o comentario
semanal con el que desde hace ya muchos años abrumo a mis
amigos lectores. Lo intento, una y otra vez, pero no puedo.
No es por falta de ideas, ni por falta de interés, y mucho
menos por falta de atención hacia ustedes. Yo atribuyo esta
situación de desgana, de abatimiento, a los dolores, que me
tienen atontado, e incluso en muchos momentos inmovilizado,
de mente y de piernas, hecho un inválido octogenario. Nunca
he comprendido que para morirse haya que sufrir. Quizás
mientras se vive, el dolor sea un castigo impuesto al hombre
por sus imperfecciones morales: Comerás el pan con el sudor
de tu frente, parirás con dolor, tu vida será una continua y
dura lucha, se nos anunció. Y todo ello hemos soportado con
dignidad y entereza, casi todos, en nuestros años de
juventud, e incluso en los de madurez, cuando aún gozábamos
de independencia. Cuando somos dependientes de otros, sean
familia o terceros, y nos vemos al fin viejos o inútiles -o
simplemente “antiguos”, como dicen algunos optimistas-,
incapaces de servirnos por nosotros mismos, enfermos
crónicos, próximos al final, consideramos una crueldad
innecesaria cargarnos además con el dolor, sobre todo ese
dolor continuado que recaba toda tu atención, del que no
puedes desprenderte ni un momento puesto que va contigo,
muchas veces acompañándote día y noche. ¡Y cuidado que son
largas las noches en la enfermedad!.
No, no me hagan caso ustedes, estaba
en un momento bajo cuando escribí lo anterior, anonadado por
el dolor. He tomado un simple “Nolotil”, y ya veo la vida
color de rosa; bueno, ligeramente rosada. Es difícil verla
completamente rosa con este clima político en el que vivimos
inmersos, en el que, de lo único que podemos tener certeza,
es del amargo final que nos –mejor dicho, os- espera. ¡Pobre
España! Es asombrosa esta codicia que embarga a la casta
política y a directivos, más bien propietarios, de bancos y
cajas, principalmente, y aquí si que es ocioso añadir “con
algunas excepciones”. En seguida nos preguntarían: ¿Cuáles?,
y no sabríamos contestar.
Por dinero se cometen las mayores
felonías, se retuercen las ideas, se hacen los más extraños
amigos, se vende o fracciona la patria, y hasta se emputece
el alma. Y perdón por la expresión, que ya saben mis
lectores como cuido mi lenguaje, evitando ordinarieces. Pero
todo tiene un límite, traspasado el cual, hasta se perdona
un taco, y a quien lo dice. Perdón, pues. Todo dinero parece
poco para lograr emular al prójimo. Recuerdo que cuando
empecé a estudiar Derecho, hace casi un siglo, se nos
hablaba del “efecto emulación”, que movía el mundo y
trastocaba todas las normas positivas o morales que a él se
oponían, a esa emulación.. Entonces me pareció una
exageración, hoy creo que efectivamente es así, y aún se
quedaba corto quién tal decía. ¡Y cuidado que es corta la
vida! No da de sí para gozar de fortuna alguna. Como decía
un cantar: “Qué temprano se nos hizo tarde”. Sí, tarde para
todo. Incluso para gastar lo atesorado. La vejez es lo más
imprevisto que nos sucede, y cuando llega, surge en nosotros
un desprendimiento hacía todo, un desinterés por todo, todo
lo que sucede en nuestro entorno nos produce hilaridad,
especialmente los hombres importantes, personajes y
personajillos, erigidos en redentores del género humano,
cuya meta primera y última es redimirse a sí mismos, antes
que a nadie, aunque esos nadies les sean necesarios para
conseguir sus fines. Al fin y al cabo, de “nadies” se forman
las listas de contribuyentes.
Ayer hubo huelga. Yo ni la he
notado. Llevo varios días escribiendo y ayer fue un día
igual a todos. Me encontré, cuando salía al kiosko a comprar
el diario, con un vecino que me preguntó en broma que si yo
hacía huelga, al que contesté que llevaba veinte años
haciéndola. Y así es. La jubilación es una especie de
huelga, aunque no sea obligatoriamente de brazos caídos, eso
depende de cada uno. Los años, y con ellos las enfermedades,
van marcando la pauta, obligándote a ir moderando la
actividad, sea cual sea el entretenimiento elegido, hasta
transformarte en un estorbo. Queridos amigos lectores, llevo
algún tiempo pensándolo, pero creo que lo mejor es
despedirme de todos ustedes. No saben cuan doloroso me
resulta, pero creo que cuando se llega al fin, hay que
reconocerlo. Cuando se tarda más de dos horas en escribir un
artículo, cuando uno se repite una y otra vez, cuando lo que
antes era un placer, es decir escribir, se torna una carga,
cuando las ideas escasean, cuando descubres que eres uno más
de los que perdieron gran parte de la memoria, cuando tienen
que recordarte diariamente que te abroches la bragueta, te
das cuenta de que se acabó lo que antes se daba tan fácil y
gratuitamente.
Queridos amigos lectores, no digo
que algún día no retome la pluma, pero no será por
obligación –auto-impuesta, desde luego-, ni a plazo fijo
tampoco. Puede ser que en algún momento me sienta inspirado
y necesite de la escritura para serenarme, en cuyo caso
alumbraré lo que Dios quiera, pero, supongo, que de guindas
a brevas.
Mientras tanto, repito, me despido
de ustedes, y me despido igualmente de mi amigo Tomás,
director de este Es Diari, y de mi amigo Rafa, director a su
vez de La Codosera y del diario digital de Valdemoro, que me
dan acogida en sus páginas. Gracias a todos. A ver si hay
suerte y puedo volver hasta ellas y hasta ustedes, Gracias.
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José María Hercilla Trilla |
Salamanca,
02
Octubre
2010
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¿Otra vez con las prohibiciones?
Hay días tristes, y hoy es uno de
ellos. Al despertarme y abrir el diario, al leer sus
titulares, he creído encontrarme de nuevo en tiempos de la
oprobiosa, donde nos tenían regulada la vida de tal modo que
todo nos estaba prohibido, o por lo menos controlado, amen
del control que se ejercía sobre cada uno de nosotros,
individualmente. A título de ejemplo, recuerdo aquel
vergonzoso “Salvoconducto de fronteras”, que nos obligaban a
obtener, custodiar y posteriormente exhibir a policías,
guardias civiles o carabineros que así nos lo exigieran , a
todos los que vivíamos en zona fronteriza para podernos
mover a lo largo o ancho de la misma, sin necesidad de
traspasarla. Para poder venir a examinarme a Salamanca
necesitaba ser poseedor de ese “Salvoconducto de fronteras”,
por vivir yo entonces en Aldea del Obispo, bonito pueblo
distante de la frontera portuguesa apenas unos centenares de
metros. Es sólo un ejemplo de prohibición, del que no sé si
mis coetáneos de La Raya –la frontera-, guardarán recuerdo.
Yo tuve que mostrarlo varias veces en mis viajes.
Menos mal que no hay desgracia que
cien años dure. No iba a ser menos aquella situación de
“prohibido o controlado”, ni tampoco quien nos la impuso
entonces iba a ser eterno. Prueba de ello fue la aprobación
por las Cortes Españolas, en 31 de octubre de 1978, de la
Constitución Española, uno de cuyos ejemplares, de los
remitidos entonces a todos los españoles, editado ese mismo
año por Hauser y Menet, S.A., guardo fielmente en uno de los
cajones de mi mesa, al que me remito de vez en cuando,
cuando en mi vuelve a surgir el temor o la duda de poder
recaer de nuevo en aquella oprobioso falta de libertad que
tuvimos en España.
Los titulares del diario matutino
que digo, me anuncian, en letra grande, que en esta España
nuestra, la de las “libertades conquistadas con la sangre
derramada al calor de un Viva España”, como cantábamos en el
patio del pacense Cuartel de Menacho, en posición de firmes
y perfectamente alineados antes de pasar al comedor. Era a
últimos de los años cuarenta. Pues bien, en esta España
nuestra de ahora, se ha vuelto a prohibir de nuevo, gesto
–el de prohibir-, que creíamos tener olvidado para siempre.
O por lo menos para los cien años que debe durar todo.
Se han prohibido las corridas de
toros. Confieso que esa es una fiesta, que aún sin entrar a
juzgarla, nunca me gustó. A excepción de asistir a algunas
capeas, sólo en una ocasión asistí a una corrida, de las de
verdad, a la que fui invitado por mi cuñado Manolo, y debo
confesar que a mediados del segundo toro abandoné la plaza,
no por la posible crueldad del espectáculo, sino por tener
la sensación de “deja vû”, de ser el segundo toro como
repetición del primero. Pido perdón a los aficionados a la
Fiesta Nacional por aquella deserción, prueba de mi evidente
falta de cultura taurómaca. Mi infancia en Menorca puede
tener la culpa, no lo sé. Puedo pues asegurar que no he
contribuido en toda mi larga vida a la muerte de un solo
toro bravo, después de aquel primero que cuento. Si no puedo
decir de mí que en mis años de mocedad fui hombre de un solo
amor, si puedo asegurar que lo fui de un solo toro. Que Dios
no me lo tenga en cuenta. Obvio es decir que aunque yo me
salí de la Plaza, dejé en ella a mi cuñado disfrutando del
espectáculo taurino completo. Como debe hacerse todo, con
libertad, pero para todos, para el amante de las corridas y
para aquéllos a los que no les petan.
En este inane comentario no he de
entrar en la contradicción en que incurren los que prohíben
la fiesta nacional por excelencia, por eso de ser nacional,
y sin embargo respetan sus localistas correbous de astas
antorchadas y sus toros cap-enllaçats o ensogados, también
por eso de ser de casa. Otras plumas más autorizadas ya lo
hicieron y poco puede añadirse a lo por ellos expresado.
Ni a lo del viejo sueño de algunos
liberales, luchando siempre por la implantación del precepto
legal de “Prohibido prohibir”.
Es mucho lo que se puede escribir
sobre el sin seny de quienes se nos han colado de
redentores, sin antes haberse redimido ellos. Obligado –creo
yo-, era haber empezado antes por establecer un verdadero
orden de prioridades en cuanto a problemas pendientes de
resolver, a cuyo remedio ir atendiendo escalonadamente, sin
entrar a entender de uno de ellos sin haber solucionado el
anterior. ¿No era más urgente atender a los millones de
parados que a una cuestión de cuernos, por eso de la
crueldad que se invoca por algunos? ¿No es más cruel ver
pasar hambre a los hijos que ver pinchar a un toro? Y
puestos a entender o a admitir que la crueldad es problema
de primer orden, ¿por qué no diferenciar antes quién es más
digno de poner en salvaguarda, si el toro o el hombre? Y no
digo esto metiendo aquí, de rondón, ”als castellers”, con el
evidente sufrimiento de los portadores y el peligro de todos
sus componentes, incluso el “dels nois” del último piso, de
lo que algunos ya han escrito. Me refiero a que quienes
parecen dolerse de que un toro sea estoqueado de frente, con
riesgo para el torero, no tienen empacho alguno en
acribillar, por la espalda y a cubierto de todo riesgo, al
adversario político que intentan eliminar, cargando sobre él
mil invectivas, insidiosas todas ellas.
Ni voy a entrar tampoco en
consideraciones jurídico-constitucionales sobre capacidades
y competencias de los “prohibidores” de turno. No voy en
esta ocasión a socorrerme con el ejemplar de Constitución
que reposa en un cajón de mi mesa, al alcance siempre de mi
mano, dejando esa labor de interpretación de aquélla al
distinguido catedrático de Derecho Constitucional, don Jorge
de Esteban, y al de Administrativo, don Tomás Ramón
Fernández, entre otros, que ya lo hicieron, y además con
total acierto y probada ecuanimidad en las páginas de un
diario de ámbito nacional. Recomiendo su lectura. Si no se
tienen prejuicios, si se es dado a seguir un razonamiento
lógico y sobradamente fundado, nadie podrá dejar de
adherirse a lo dicho por ellos.
Claro está que si uno
cree ser portador y dueño de la verdad absoluta, si uno se
cree el más guapo, el más listo, el fiel depositario de una
lengua única, el custodio de una cultura propia y
diferenciada, muy superior a las de pueblos vecinos, si
además cree a pies juntillas que vive en una nación con
méritos bastantes para independizarse de aquélla de la que
lleva siglos formando parte, entonces no he dicho nada.
Respeto su dogmática opinión y a cambio suplico que él
respete la mía, tan digna de ser atendida como la que él
sustenta. Entiendo que las opiniones no son objeto de
imposición; meramente de exposición, por lo menos entre
personas educadas.
Como ven ustedes, caros amigos,
todavía no he dicho ni una sola palabra a favor de las
corridas de toros, aunque sí empecé diciendo y recalqué que
sólo he visto lidiar un toro, hace de esto mil años. No se
trata pues de defender la Fiesta, sino de defender el
derecho de todo ciudadano de asistir a ella, sin que nadie
se lo impida, o de quedarse en casa, como yo hago. Nada más
y también nada menos. Desgraciadamente, el afán “prohibidor”
–dejémoslo escrito así-, suele ir unido a complejos de
inferioridad, y ello es evidente, especialmente en estos
casos en los que se asegura no hacerlo por revanchismo
político. Es un quererse hacer notar, por lo que sea. Y se
puede obrar embistiendo, y se puede hacerlo razonando,
aunque para esto último se exige una preparación, que obvio
es que no todos tienen. Por lo menos, si tuvieran sentido
común, aquél que para todos los políticos pedía a Dios la
mujer de mi amigo Polidoro, quizá no nos fuese tan mal.
Aquella oración, en cuyo rezo sorprendimos a la buena mujer,
y que yo desde entonces repito a diario, pidiendo para todos
los políticos “sentido común, acrisolada honradez y
acendrado amor a la Justicia”, no debe ser muy eficaz, por
lo menos en cuanto a lo del “sentido común”, vistos los
oídos sordos que el Señor hace a mis rezos.
No voy a insistir más, no quiero
cansarles, pero sigo creyendo que el absolutismo político es
fruto de gente pequeña, políticamente hablando, claro está-,
y con complejos de inferioridad, y vive Dios que no está en
mi ánimo ofender ni molestar a nadie, admitiendo, ya de
entrada, que puedo ser yo el equivocado, y ellos excelsos
redentores del género humano y también, ya de paso y por
casualidad –por no tener cosa mejor de qué echar mano-, de
los toros de lidia. Pero me asusta una nación gobernada por
ciertos políticos que pudieren alcanzar la mayoría absoluta
para gobernarnos y por ende prohibirnos a su antojo. La
libertad es sagrada y debemos respetarla todos y en todas
partes y tiempos. Y el que quiera ver una corrida de toros,
que la vea. ¡Mientras a mí no me obliguen a asistir….!
Cuando los “prohibidores” de
pacotilla se declaren vegetarianos integrales, empezaremos a
hablar de crueldades, pero no sólo en las Plazas, también en
los mataderos.
Pido perdón si mis opiniones pueden
molestar a alguien. No fue ésa mi intención al ponerme a
divagar. Lo juro, amigos.
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José María Hercilla Trilla |
Salamanca,
05
Agosto
2010
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De lo que dicen ser Deporte y Política
En estos últimos tiempos existe -o ha
existido-, cierto riesgo de empacho de dos cosas,
principalmente, y desde luego desde mi particular punto de
vista, que no pretendo que nadie comparta conmigo, claro,
aunque siempre se agradece encontrar compañeros en el
camino, sea éste cual fuese. Se hace menos desabrido el
caminar.
Me estoy refiriendo al espectáculo del
fútbol y al espectacular circo de la gestión pública, a los
que se suele llamar deporte y política. Seguramente estoy
equivocado, pero siempre entendí por deporte el ejercicio
que se hace por vocación y con desprendimiento, sin esperar
de él otra cosa que satisfacción propia y, en el mejor de
los casos, una corona de laurel o una medalla acreditativa
del triunfo obtenido por el atleta o simplemente de su
participación en el certamen.
Como igualmente, remitiéndome a tiempos
lejanos, así como también a ejemplos próximos e incluso
familiares, también entendí la vocación de mejorar la
sociedad, como una ilusión idealista que lo único que
proporcionaba al que a ella dedicaba sus esfuerzos, era
merma de su libertad y de su tiempo, y no pocas veces
también merma económica, sobre todo si el que se sentía
llamado a facilitar y fomentar el bien público quería
mostrarse acorde consigo mismo y demostrar que su modo de
vida se correspondía con los ideales que predicaba a los
demás.
No quiero decir con esto que ni el
atleta que busca el triunfo, ni el idealista que ansía
mejorar el mundo, deban vivir como ascetas, austeramente
sacrificados en tanto en cuanto se dedican a lo que
constituye su vocación. De tonto, siempre he tenido algo, no
lo niego, pero siempre estuve conforme en aquello de que
hasta el cura debe vivir de su altar. No iban a ser menos
que los curas los esforzados atletas, ni tampoco los
soñadores ciudadanos que dedicaban gran parte de su tiempo y
sus esfuerzos a mejorar las condiciones de vida de sus
coetáneos.
Pero cuando el esfuerzo atlético por
una parte, y la dedicación puramente idealista hacia el
prójimo por otra, se transforman en profesiones más que
lucrativas y adoptan los nombres de deporte y política,
entonces, y perdón por la expresión, se me hunden los palos
del sombrajo. Algo en mi interior rechina.
Estos días pasados, en los que el
fútbol ha sido el plato dominante, días en los que
sobradamente se ha demostrado al mundo que España dominaba
ese juego, nos han servido a los españoles para alcanzar la
cima lúdica gracias al buen hacer de nuestros jugadores,
mérito que nadie les discute. Lo que no alcanzo a comprender
es que, lo que no pasa de ser un gran espectáculo de masas,
con actores excelentemente retribuidos por su buen trabajo,
y aún recompensados generosamente por el éxito final
obtenido, se le califique de Deporte, con mayúscula. No se
trata de hacer comparaciones, que en todo caso no irían en
detrimento u ofensa de lo tomado como términos de
comparación, pero si aceptamos que a los actores
profesionales de un espectáculo de masas se les califique de
deportistas, también me parecería bien llamar así a los
actores circenses, incluso a los teatrales, que en nada
desmerecen en cuanto a profesionalidad y eficacia con los
jugadores de fútbol.
En apoyo de mi tesis traigo a colación
la definición que de la palabra Deporte nos ofrece el
Diccionario de la R.A.E., donde dice así: ““1: Actividad
física ejercida como juego o competición, cuya práctica
supone entrenamiento y sujeción a normas. 2:
Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio
físico, por lo común al aire libre. 3: Por deporte =
Por gusto, desinteresadamente””.
Obvio resulta que la idea de deporte va
unida al desinterés. Ejemplo de deporte: El fútbol que
jugábamos de muchachos en la plaza pública, o las
carrerillas que echábamos, a ver quien llegaba el primero al
final del paseo o a la vuelta de la esquina.
Claro que puedo estar equivocado en mis
apreciaciones, faltaría más, pero son mías y no voy a
renunciar a ellas a estas alturas de mi vida. Sé que ustedes
me perdonan por ellas. Gracias por su generosidad para
conmigo.
Y lo mismo digo, sobre todo viendo lo
que estamos viendo, de esa otra actividad –también gran
espectáculo de masas-, que desarrolla buen número de
ciudadanos, dedicados a mejorar –dicen ellos-, todos los
“status” de sus compatriotas, nuestro modo de ser y estar en
la vida, a los que nos desean todo lo bueno de este mundo,
desde sanidad hasta educación…., pero sin igualarnos a
ellos, por lo menos en cuanto a retribuciones laborales y a
requisitos para cobrar una jugosa jubilación, amén de otras
cosas.
No sé si afortunada o desgraciadamente
conocí de cerca profesionales que desatendieron su profesión
por volcarse en cuidar y mejorar la sociedad, sin otro
interés que hacer e impartir el bien a los demás, desde unos
u otros escalones de la vida pública, unos desde diputados,
otros desde concejalías, y algunos hasta desde su simple
adscripción a un Partido, o incluso por libres. Debo
tener mala suerte o ser algo gafe, pues debo confesar que
todos aquellos hombres de buena fe, idealistas a ultranza,
salieron, o bien trasquilados, o bien como el gallo de
Morón, sin pluma y sin espolón, incluso alguno pasando por
la cárcel y otros viéndose obligados a desterrarse y empezar
una nueva vida.
Seguramente, otros hay que, en su
lugar, en el ejercicio de esa actividad, ven una segura
profesión y suculenta jubilación, amén de un sólido y rápido
modo de enriquecimiento personal, más que una
vocación idealista y desinteresada, pero a esos no los
conozco, limitándome a sufrirlos, como todo vecino. Me temo
que es a ese grupo al que se refiere mi amigo Polidoro,
cuando me comenta eso de la política, mostrándome su
disconformidad con el nombre de la actividad y de sus
actores, para al final decirme: “Si los tales se
llaman políticos, yo soy arzobispo de Constantinopla”.
¡Hombre, Polidoro. Tampoco es eso –le
digo-¡
Pero reconozco que algo de razón puede
asistirle en lo que dice. Tanto adelanto y tanto invento, y
todavía no se ha dado con una forma de gobierno
medianamente aceptable. Y sobre todo más económica para los
contribuyentes. En primer lugar, debieran eliminarse las
clases privilegiadas, el seguir teniendo una legislación
común aplicable a los ciudadanos de a pie, y otra
legislación para aplicar a los padres –o tíos, o sobrinos, o
lo que sea-, de la patria, es decir a los que pretenden
imponerse y dirigirnos a su antojo, aunque no a su igualdad
y semejanza. Ya sabemos por experiencia que la igualdad es
una utopía, pero una cosa es que no todos seamos iguales, y
otra muy distinta que los que debieran darnos ejemplo y
constituirse en nuestros guías, nos rebasen por la izquierda
o la derecha, por todas partes posibles, y se constituyan en
clase privilegiada con el disfrute de singulares
prerrogativas.
No me extraña que hubiese un escritor
que escribiera algo al respecto y usase para llamar a esos
privilegiados el nombre de “la casta”, que en realidad les
aplicaba más como calificativo peyorativo que como simple
nominativo.
Al final, el criterio diferenciador es
la voracidad y egoísmo pecuniario. Casi podríamos decir, sin
temor a equivocarnos mucho, que la vocación de cuidar de la
“res publica”, del pueblo llano y sufrido, tiene que ser
ejercida como un deporte –tal como el D.R.A.E. y yo lo
entendemos-, es decir con desinterés, más como logro de una
satisfacción propia que como retribución ajena de cualquier
origen. Al “lo hice bien, estoy contento”, propio de
cualquier idealista, lo vino a sustituir el “me situé,
aseguré mi vida, salga el sol por Antequera”, que algunos
parecen preferir, aunque por discreción lo callen.
Se nos ha conducido por caminos y
veredas, a su antojo; se nos ha predicado tanto, tanto se
nos ha prometido, tan malos ejemplos se nos ha dado, que, al
final, se nos ha convertido en ciudadanos incrédulos.
A poco espíritu crítico que uno posea,
el único gesto que serviría para recobrar nuestra confianza
en “la casta” –usado aquí como nombre y no como
calificativo-, sería la espontánea y voluntaria renuncia por
parte de sus integrantes a esos privilegios insólitos que la
misma ha reservado para sí, con manifiesto olvido y hasta
desprecio del pueblo llano, sujetos nosotros a la
legislación común, esa legislación que ha dejado de ser
común porque ellos así lo han querido.
Como siempre, hago la salvedad de que
no quiero ofender a nadie, no es mi estilo, pero veo el
espectáculo circense en que se ha convertido esta España
nuestra, y no puedo por menos que afligirme por lo que veo,
malo, y por lo que intuyo, todavía peor.
Pido perdón a la casta en pleno y
concluyo pidiendo a Dios que nos coja confesados. También a
ellos. Amén.
Pero, insisto, ni aquello es Deporte,
ni esto otro es Política, con mayúsculas. Eso lo tengo
claro.
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José María Hercilla Trilla |
Salamanca,
22
Julio
2010
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Recuerdos de mis años idos
Fue en los años treinta, en Fornells,
cuna del eximio y delicado poeta Gumersindo Riera Sans,
aquel que cantaba así, recordando su lugar de origen y su
ascendencia pescadora:
“El meu pare, l’avi i tots
els de la meva familia
foren pescadors d’ofici
a la costa nord de l’illa.
Ells només pescaven peixos,
jo pesc ensomnis i ritmes”
Fue en aquel bello e idílico lugar,
cuando en su abrigado puerto amerizaba el hidroavión
Dornier, de la Air France, procedente de Marsella y con
destino a Argel, con cabida apenas para una docena de
pasajeros, que se veía obligado a hacer escala en Fornells
para repostar combustible y seguir viaje.
Uno de los empleados de la compañía
aérea, marsellés él, se enamoró de una linda menorquina y
casó con ella. Cuando cesaron aquellos vuelos –de los que
nunca jamás se volvió a saber cosa alguna-, la pareja de
recién casados decidió quedarse a vivir en la isla, aquella
paradisíaca Menorca, de inolvidable memoria para los que
tuvimos la suerte de conocerla entonces.
Por una extraña concatenación de
ideas, seguramente por una reciente fotografía en la que
aparecen dos andaluces de nacencia, hablándose entre ellos a
través de un intérprete, ridículo suceso ocurrido en la
conocida como Cámara Alta, he venido a recodar a aquel
matrimonio que decía al principio, al que conocí hace ya
muchos años, viviendo todavía en Mahón, cuando esa bella y –
para mí- inolvidable ciudad, así como la isla entera, la
llamada Isla Blanca y Azul, eran un verdadero paraíso de
paz, de inalterable e inalterada belleza y armonía.
Aquel matrimonio del marsellés y la
guapa isleña, menorquina ella hasta la médula de sus huesos,
se hizo célebre en el círculo de sus amistades. De ese
matrimonio había nacido un hijo, mozo por entonces de unos
quince años, que llevaba trazas de llegar a ser hombre de
provecho. De momento, igual que sus padres, dominaba a la
perfección el francés, el menorquín y el castellano, estando
además el hijo en vías de dominar el inglés, lengua ésta por
entonces de menor relevancia que el francés, que era
la considerada como lengua culta y diplomática.
En el hogar familiar se hablaba por
todos ellos, indistintamente, una u otra lengua de las tres
que padres e hijo dominaban, e incluso –como era frecuente
entonces en las islas-, se saltaba de una a otra lengua en
la misma conversación, sin que ello originara dificultad
alguna de entendimiento entre los parlantes.
Lo malo es que cuando marido y mujer
discutían, por cualquiera de los pequeños percances que
pueden surgir en cualquier matrimonio, generalmente bien
avenido, cada uno de ellos se encastillaba –a falta de en
otra cosa mejor-, en sus respectivas lenguas, él en el
francés y en el menorquín la esposa, y de ellas no les
apeaba nada ni nadie. Cada uno de ellos hablaba o gritaba
por su lado, como ignorándose mutuamente, sin encontrar
fórmula –voluntad tampoco-, para llegar a entenderse y hacer
las paces.
Esta situación inter-matrimonial,
que al principio no pasó de ser una desavenencia e
ignorancia mutuas de carácter pasajero, fue agravándose con
el tiempo, no sé si con la mayor edad de los cónyuges o con
la real o supuesta importancia concedida por ellos mismos a
los nimios problemas surgidos en sus diarios aconteceres.
El hijo, aquel bravo e inteligente
mozo, si al principio ajeno a aquella ridícula situación,
conforme fue haciéndose mayorcito empezó a sufrir en sus
propias carnes aquel desatinado y absurdo encastillamiento
de sus padres, obstinado cada uno en encerrarse en su propia
lengua e ignorar todo lo que hasta sus oídos llegase hablado
en la lengua del supuesto adversario, marido o mujer.
Decía el marido a la mujer:
“Tais-toi, je ne comprends rien”, dándole la espalda,
y contestaba airada ésta al marido: “Calla tu d’una vegada,
que no et entenc res”, adoptando igual postura de volverle
las costillas.
Y seguía cada uno de ellos hablando,
despotricando y en ocasiones hasta gritándose, los dos al
mismo tiempo, él en francés, ella en menorquín, sin que lo
dicho por una u otro guardasen ilación alguna entre sí.
En una de esas discusiones, cada día
más frecuentes entre marido y mujer, apareció por allí el
hijo, que hasta entonces se había abstenido de acercarse al
lugar del pelapollos, quien al darse cuenta del
aparente o fingido distanciamiento lingüístico establecido
entre sus padres, optó por mediar entre ellos, poniéndose a
traducir al menorquín lo que su padre gritaba en francés y
al francés lo que su madre vociferaba en menorquín.
Sorprendidos al principio de esa
espontánea traducción filial y simultanea, dándose cuenta
del ridículo papel que estaban haciendo, a marido y mujer
les faltó excusa para no llegar a entenderse, acabando con
ello aquella absurda postura que un día adoptaron, más por
herirse entre ellos que por menospreciar al adversario.
Al fin hubieron de decir
conjuntamente: “Vete hijo, no te preocupes. Habíamos perdido
el seny, el sentido común, pero ya lo hemos recobrado.
No necesitamos de intérprete para entendernos, sino de buena
voluntad. Felizmente, tu intervención nos la ha hecho
recobrar”.
Yo sueño con que esa fotografía
que digo, la de los dos distinguidos políticos, andaluces de
origen ambos, hablándose a través de tercera persona, que
pone en evidencia, urbi et orbi, el ridículo papel que ambos
interpretan, les sirva –si Dios nos es clemente a los
ciudadanos-, para recobrar ese elemental sentido común que
jamás debe faltar en la mochila de cualquiera que pretenda
gobernarnos. Por favor, recapaciten y dense cuenta de su
absurdo y risible comportamiento. Las lenguas, señores, se
hicieron para entendernos todos, no para separar a nadie. Ni
tan siquiera a los políticos. Por muy mala voluntad de la
que quieran presumir. (Y no dudo que es mucha la que tienen.
A la vista está.)
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José María Hercilla Trilla |
Salamanca,
26
Mayo
2010
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