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Cartas de los lectores
 

CARTA A LOS ABUELOS EN NAVIDAD

Como siempre, a los que quieran leerme. Decid a los nietos, convencidos vosotros, que Dios siempre ha pensado en los hombres, en los hombres y en las mujeres. Si habrá pensado en ellas, que eligió a una mujer para aparecer en la tierra, hace algo mas de veinte siglos y convivir con nosotros.

Y en este pensar y amarnos desde siempre, tuvo esa “ ocurrencia “ maravillosa – las ocurrencias de Dios habitualmente son milagros – de vivir en la tierra; hacerse uno igual a nosotros, para que le conociéramos y para, al mezclarse con sus iguales en el mundo, abrir una senda que durante treinta años y en una aparente obscuridad, enseñarnos – con su ejemplo –a hacer de la vida un camino que nos lleva al final deseado, que será encontrarnos con quien, al hacerse niño muestra una de sus Manifestaciones que tal vez no sea la mas grandiosa, pero desde luego es la de mayor ternura. Hacerse Niño, tener una madre como la nuestra, que también es nuestra Madre. Una mujer excepcional, Excelsa Criatura la define la Iglesia; Excelsa pero sencilla, desconocida e ignorada en una aldea perdida en el mundo. María de Nazaret.

Si te parece algo complicado para el nietecillo, limítate a decirle que celebramos el cumpleaños de un Niño, que es tan niño como vosotros y le gustan las chucherías, los juguetes...y sobre todo, el cariño, el corazón y los besos de los hombres y mujeres –que se hagan también como niños – de todo color y raza. Y nace para todos, para los buenos y los menos buenos, que ante la mirada tierna de un niño, cuesta ser malo. A los maltratadores, por hoy ni los nombramos.

Podemos cogerle en brazos y decir a su Madre...déjame al Niño bailar, que es Madre lo que mas quiero. Y a José y María, que no son ni dioses ni semidioses, cántales con los niños...Enhorabuena María, enhorabuena José, ya nos ha nacido el Niño...qué bien se está con los tres.

María y José son entrañables, como todos los padres debieran ser, y quieren a su hijo, que es Dios, con locura y cuando ven la alegría, cuando ven nuestro contento y emoción, su ternura también se desborda y quieren mostrarnos a su Hijo, despertar nuestra inteligencia para poder comprender ese milagro de Amor, que es la presencia de Dios entre los hombres. Un Dios que nace pobre, derrochando amor se hace niño para que nos hagamos como tales, sin complicaciones y en la sencillez le merezcamos.

Y...Hombre imitable, nos quiere imitadores en la humildad, en el espíritu de servicio – que no es servilismo  - generosidad y entrega; lo que un padre quiere y espera de un buen hijo. Nos da ejemplo, durante treinta años, trabajando y obedeciendo, y era Dios.

Ante esta entrega, sólo nos pide una correspondencia a su amor, que a la vez lo exterioricemos en los que nos rodean. Con naturalidad, sin aspavientos de fotografía, con sencillez, sin complicaciones.
 

Alfredo Hernández Sacristán

 

Sentida despedida

Llevo unos días intentándolo, aunque solo sea por seguir el mandato del médico, que me obliga a ello. Me refiero a la escritura, a ese artículo o comentario semanal con el que desde hace ya muchos años abrumo a mis amigos lectores. Lo intento, una y otra vez, pero no puedo. No es por falta de ideas, ni por falta de interés, y mucho menos por falta de atención hacia ustedes. Yo atribuyo esta situación de desgana, de abatimiento, a los dolores, que me tienen atontado, e incluso en muchos momentos inmovilizado, de mente y de piernas, hecho un inválido octogenario. Nunca he comprendido que para morirse haya que sufrir. Quizás mientras se vive, el dolor sea un castigo impuesto al hombre por sus imperfecciones morales: Comerás el pan con el sudor de tu frente, parirás con dolor, tu vida será una continua y dura lucha, se nos anunció. Y todo ello hemos soportado con dignidad y entereza, casi todos, en nuestros años de juventud, e incluso en los de madurez, cuando aún gozábamos de independencia. Cuando somos dependientes de otros, sean familia o terceros, y nos vemos al fin viejos o inútiles -o simplemente “antiguos”, como dicen algunos optimistas-,   incapaces de servirnos por nosotros mismos, enfermos crónicos, próximos al final, consideramos una crueldad innecesaria cargarnos además con el dolor, sobre todo ese dolor continuado que recaba toda tu atención, del que no puedes desprenderte ni un momento puesto que va contigo, muchas veces acompañándote día y noche. ¡Y cuidado que son largas las noches en la enfermedad!.

No, no me hagan caso ustedes, estaba en un momento bajo cuando escribí lo anterior, anonadado por el dolor. He tomado un simple “Nolotil”, y ya veo la vida color de rosa; bueno, ligeramente rosada. Es difícil verla completamente rosa con este clima político en el que vivimos inmersos, en el que, de lo único que podemos tener certeza, es del amargo final que nos –mejor dicho, os- espera. ¡Pobre España! Es asombrosa esta codicia que embarga a la casta política y a directivos, más bien propietarios, de bancos y cajas, principalmente, y aquí si que es ocioso añadir “con algunas excepciones”. En seguida nos preguntarían: ¿Cuáles?, y no sabríamos contestar.

Por dinero se cometen las mayores felonías, se retuercen las ideas, se hacen los más extraños amigos, se vende o fracciona la patria, y hasta se emputece el alma. Y  perdón por la expresión, que ya saben mis lectores como cuido mi lenguaje, evitando ordinarieces. Pero todo tiene un límite, traspasado el cual, hasta se perdona un taco, y a quien lo dice. Perdón, pues. Todo dinero parece poco para lograr emular al prójimo. Recuerdo que cuando empecé a estudiar Derecho, hace casi un siglo, se nos hablaba del “efecto emulación”, que movía el mundo y trastocaba todas las normas positivas o morales que a él se oponían, a esa emulación.. Entonces me pareció una exageración, hoy creo que efectivamente es así, y aún se quedaba corto quién tal decía. ¡Y cuidado que es corta la vida! No da de sí para gozar de fortuna alguna. Como decía un cantar: “Qué temprano se nos hizo tarde”. Sí, tarde para todo. Incluso para gastar lo atesorado. La vejez es lo más imprevisto que nos sucede, y cuando llega, surge en nosotros un desprendimiento hacía todo, un desinterés por todo, todo lo que sucede en nuestro entorno nos produce hilaridad, especialmente los hombres importantes, personajes y personajillos, erigidos en redentores del género humano, cuya meta primera y última es redimirse a sí mismos, antes que a nadie, aunque esos nadies les sean necesarios para conseguir sus fines. Al fin y al cabo, de “nadies” se forman las listas de contribuyentes.

Ayer hubo huelga. Yo ni la he notado. Llevo varios días escribiendo y ayer fue un día igual a todos. Me encontré, cuando salía al kiosko a comprar el diario, con un vecino que me preguntó en broma que si yo hacía huelga, al que contesté que llevaba veinte años haciéndola. Y así es. La jubilación es una especie de huelga, aunque no sea obligatoriamente de brazos caídos, eso depende de cada uno. Los años, y con ellos las enfermedades, van marcando la pauta, obligándote a ir moderando la actividad, sea cual sea el entretenimiento elegido, hasta transformarte en un estorbo. Queridos amigos lectores, llevo algún tiempo pensándolo, pero creo que lo mejor es despedirme de todos ustedes. No saben cuan doloroso me resulta, pero creo que cuando se llega al fin, hay que reconocerlo. Cuando se tarda más de dos horas en escribir un artículo, cuando uno se repite una y otra vez, cuando lo que antes era un placer, es decir escribir, se torna una carga, cuando las ideas escasean, cuando descubres que eres uno más de los que perdieron gran parte de la memoria, cuando tienen que recordarte diariamente que te abroches la bragueta, te das cuenta de que se acabó lo que antes se daba tan fácil y gratuitamente.

Queridos amigos lectores, no digo que algún día no retome la pluma, pero no será por obligación –auto-impuesta, desde luego-, ni a plazo fijo tampoco. Puede ser que en algún momento me sienta inspirado y necesite de la escritura para serenarme, en cuyo caso alumbraré lo que Dios quiera, pero, supongo, que de guindas a brevas.

Mientras tanto, repito, me despido de ustedes, y me despido igualmente de mi amigo Tomás, director de este Es Diari, y de mi amigo Rafa, director a su vez de La Codosera y del diario digital de Valdemoro, que me dan acogida en sus páginas. Gracias a todos. A ver si hay suerte y puedo volver hasta ellas y hasta ustedes, Gracias.

José María Hercilla Trilla

Salamanca, 02 Octubre 2010
 

¿Otra vez con las prohibiciones?

Hay días tristes, y hoy es uno de ellos. Al despertarme y abrir el diario, al leer sus titulares, he creído encontrarme de nuevo en tiempos de la oprobiosa, donde nos tenían regulada la vida de tal modo que todo nos estaba prohibido, o por lo menos controlado, amen del control que se ejercía sobre cada uno de nosotros, individualmente. A título de ejemplo, recuerdo aquel vergonzoso “Salvoconducto de fronteras”, que nos obligaban a obtener, custodiar y posteriormente exhibir a policías, guardias civiles o carabineros que así nos lo exigieran , a todos los que vivíamos en zona fronteriza para podernos mover a lo largo o  ancho de la misma, sin necesidad de traspasarla. Para poder venir a examinarme a Salamanca necesitaba ser poseedor de ese “Salvoconducto de fronteras”, por vivir yo entonces en Aldea del Obispo, bonito pueblo distante de la frontera portuguesa apenas unos centenares de metros. Es sólo un ejemplo de prohibición, del que no sé si mis coetáneos de La Raya –la frontera-, guardarán recuerdo. Yo tuve que mostrarlo varias veces en mis viajes.

Menos mal que no hay desgracia que cien años dure. No iba a ser menos aquella situación de “prohibido o controlado”, ni tampoco quien nos la impuso entonces iba a ser eterno. Prueba de ello fue la aprobación por las Cortes Españolas, en 31 de octubre de 1978, de la Constitución Española, uno de cuyos ejemplares, de los remitidos entonces a todos los españoles, editado ese mismo año por Hauser y Menet, S.A., guardo fielmente en uno de los cajones de mi mesa, al que me remito de vez en cuando, cuando en mi vuelve a surgir el temor o la duda de poder recaer de nuevo en aquella oprobioso falta de libertad que tuvimos en España.

Los titulares del diario matutino que digo, me anuncian, en letra grande, que en esta España nuestra, la de las “libertades conquistadas con la sangre derramada al calor de un Viva España”, como cantábamos en el patio del pacense Cuartel de Menacho, en posición de firmes y perfectamente alineados antes de pasar al comedor. Era a últimos de los años cuarenta. Pues bien, en esta España nuestra de ahora, se ha vuelto a prohibir de nuevo, gesto –el de prohibir-, que creíamos tener olvidado para siempre. O por lo menos para los cien años que debe durar todo.

Se han prohibido las corridas de toros. Confieso que esa es una fiesta, que aún sin entrar a juzgarla, nunca me gustó. A excepción de asistir a algunas capeas, sólo en una ocasión asistí a una corrida, de las de verdad, a la que fui invitado por mi cuñado Manolo, y debo confesar que a mediados del segundo toro abandoné la plaza, no por la posible crueldad del espectáculo, sino por tener la sensación de “deja vû”, de ser el segundo toro como repetición del primero. Pido perdón a los aficionados a la Fiesta Nacional por aquella deserción, prueba de mi evidente falta de cultura taurómaca. Mi infancia en Menorca puede tener la culpa, no lo sé. Puedo pues asegurar que no he contribuido en toda mi larga vida a la muerte de un solo toro bravo, después de aquel primero que cuento. Si no puedo decir de mí que en mis años de mocedad fui hombre de un solo amor, si puedo asegurar que lo fui de un solo toro. Que Dios no me lo tenga en cuenta. Obvio es decir que aunque yo me salí de la Plaza, dejé en ella a mi cuñado disfrutando del espectáculo taurino completo. Como debe hacerse todo, con libertad, pero para todos, para el amante de las corridas y para aquéllos a los que no les petan.

En este inane comentario no he de entrar en la contradicción en que incurren los que prohíben la fiesta nacional por excelencia, por eso de ser nacional, y sin embargo respetan sus localistas correbous de astas antorchadas y sus toros cap-enllaçats o ensogados, también por eso de ser de casa. Otras plumas más autorizadas ya lo hicieron y poco puede añadirse a lo por ellos expresado.

Ni a lo del viejo sueño de algunos liberales, luchando siempre por la implantación del precepto legal de “Prohibido prohibir”.

Es mucho lo que se puede escribir sobre el sin seny de quienes se nos han colado de redentores, sin antes haberse redimido ellos. Obligado –creo yo-, era haber empezado antes por establecer un verdadero orden de prioridades en cuanto a problemas pendientes de resolver, a cuyo remedio ir atendiendo escalonadamente, sin entrar a entender de uno de ellos sin haber solucionado el anterior. ¿No era más urgente atender a los millones de parados que a una cuestión de cuernos, por eso de la crueldad que se invoca por algunos? ¿No es más cruel ver pasar hambre a los hijos que ver pinchar a un toro?  Y puestos a entender o a admitir que la crueldad es problema de primer orden, ¿por qué no diferenciar antes quién es más digno de poner en salvaguarda, si el toro o el hombre? Y no digo esto metiendo aquí, de rondón, ”als castellers”, con el evidente sufrimiento de los portadores y el peligro de todos sus componentes, incluso el “dels nois” del último piso, de lo que algunos ya han escrito. Me refiero a que quienes parecen dolerse de que un toro sea estoqueado de frente, con riesgo para el torero,  no tienen empacho alguno en acribillar, por la espalda y a cubierto de todo riesgo, al adversario político que intentan eliminar, cargando sobre él mil invectivas, insidiosas todas ellas.

Ni voy a entrar tampoco en consideraciones jurídico-constitucionales sobre capacidades y competencias de los “prohibidores” de turno. No voy en esta ocasión a socorrerme con el ejemplar de Constitución que reposa en un cajón de mi mesa, al alcance siempre de mi mano, dejando esa labor de interpretación de aquélla al distinguido catedrático de Derecho Constitucional, don Jorge de Esteban, y al de Administrativo, don Tomás Ramón Fernández, entre otros, que ya lo hicieron, y además con total acierto y probada ecuanimidad en las páginas de un diario de ámbito nacional. Recomiendo su lectura. Si no se tienen prejuicios, si se es dado a seguir un razonamiento lógico y sobradamente fundado, nadie podrá dejar de adherirse a lo dicho por ellos.

Claro  está que si  uno cree ser portador y dueño de la verdad absoluta, si uno se cree el más guapo, el más listo, el fiel depositario de una lengua única, el custodio de una cultura propia y diferenciada, muy superior a las de pueblos vecinos, si además cree a pies juntillas que vive en una nación con méritos bastantes para independizarse de aquélla de la que lleva siglos formando parte, entonces no he dicho nada. Respeto su dogmática opinión y a cambio suplico que él respete la mía, tan digna de ser atendida como la que él sustenta. Entiendo que las opiniones no son objeto de imposición; meramente de exposición, por lo menos entre personas educadas.

Como ven ustedes, caros amigos, todavía no he dicho ni una sola palabra a favor de las corridas de toros, aunque sí empecé diciendo y recalqué que sólo he visto lidiar un toro, hace de esto mil años. No se trata pues de defender la Fiesta, sino de defender el derecho de todo ciudadano de asistir a ella, sin que nadie se lo impida, o de quedarse en casa, como yo hago. Nada más y también nada menos. Desgraciadamente, el afán “prohibidor” –dejémoslo escrito así-, suele ir unido a complejos de inferioridad, y ello es evidente, especialmente en estos casos en los que se asegura no hacerlo por revanchismo político. Es un quererse hacer notar, por lo que sea. Y se puede obrar embistiendo, y se puede hacerlo razonando, aunque para esto último se exige una preparación, que obvio es que no todos tienen. Por lo menos, si tuvieran sentido común, aquél que para todos los políticos pedía a Dios la mujer de mi amigo Polidoro, quizá no nos fuese tan mal. Aquella oración, en cuyo rezo sorprendimos a la buena mujer, y que yo desde entonces repito a diario, pidiendo para todos los políticos  “sentido común, acrisolada honradez y acendrado amor a la Justicia”, no debe ser muy eficaz, por lo menos en cuanto a lo del “sentido común”, vistos los oídos sordos que el Señor hace a mis rezos.

No voy a insistir más, no quiero cansarles, pero sigo creyendo que el absolutismo político es fruto de gente pequeña, políticamente hablando, claro está-, y con complejos de inferioridad, y vive Dios que no está en mi ánimo ofender ni molestar a nadie, admitiendo, ya de entrada, que puedo ser yo el equivocado, y ellos excelsos redentores del género humano y también, ya de paso y por casualidad –por no tener cosa mejor de qué echar mano-, de los toros de lidia. Pero me asusta una nación gobernada por ciertos políticos que pudieren alcanzar la mayoría absoluta para gobernarnos y por ende prohibirnos a su antojo. La libertad es sagrada y debemos respetarla todos y en todas partes y tiempos. Y el que quiera ver una corrida de toros, que la vea. ¡Mientras a mí no me obliguen a asistir….!

Cuando los “prohibidores” de pacotilla se declaren vegetarianos integrales, empezaremos a hablar de crueldades, pero no sólo en las Plazas, también en los mataderos.

Pido perdón si mis opiniones pueden molestar a alguien. No fue ésa mi intención al ponerme a divagar. Lo juro, amigos.

José María Hercilla Trilla

Salamanca, 05 Agosto 2010
 

De lo que dicen ser Deporte y Política

En estos últimos tiempos existe -o ha existido-, cierto riesgo de empacho de dos cosas, principalmente, y desde luego desde mi particular punto de vista, que no pretendo que nadie comparta conmigo, claro, aunque siempre se agradece encontrar compañeros en el camino, sea éste cual fuese. Se hace menos desabrido el caminar.

Me estoy refiriendo al espectáculo del fútbol y al espectacular circo de la gestión pública, a los que se suele llamar deporte y política. Seguramente estoy equivocado, pero siempre entendí por deporte el ejercicio que se hace por vocación y con desprendimiento, sin esperar de él otra cosa que satisfacción propia y, en el mejor de los casos, una corona de laurel o una medalla acreditativa del triunfo obtenido por el atleta o simplemente de su participación en el certamen.

Como igualmente, remitiéndome a tiempos lejanos, así como también a ejemplos próximos e incluso familiares, también entendí la vocación de mejorar la sociedad, como una ilusión idealista que lo único que proporcionaba al que a ella dedicaba sus esfuerzos, era merma de su libertad y de su tiempo, y no pocas veces también merma económica, sobre todo si el que se sentía llamado a facilitar y fomentar el bien público quería mostrarse acorde consigo mismo y demostrar que su modo de vida se correspondía con los ideales que predicaba a los demás.

No quiero decir con esto que ni el atleta que busca el triunfo, ni el idealista que ansía mejorar el mundo, deban vivir como ascetas, austeramente sacrificados en tanto en cuanto se dedican a lo que constituye su vocación. De tonto, siempre he tenido algo, no lo niego, pero siempre estuve conforme en aquello de que hasta el cura debe vivir de su altar. No iban a ser menos que los curas los esforzados atletas, ni tampoco los soñadores ciudadanos que dedicaban gran parte de su tiempo y sus esfuerzos a mejorar las condiciones de vida de sus coetáneos.

Pero cuando el esfuerzo atlético por una parte, y la dedicación puramente idealista hacia el prójimo por otra, se transforman en profesiones más que lucrativas y adoptan los nombres de deporte y política, entonces, y perdón por la expresión, se me hunden los palos del sombrajo. Algo en mi interior rechina.

Estos días pasados, en los que el fútbol ha sido el plato dominante, días en los que sobradamente se ha demostrado al mundo que España dominaba ese juego, nos han servido a los españoles para alcanzar la cima lúdica gracias al buen hacer de nuestros jugadores, mérito que nadie les discute. Lo que no alcanzo a comprender es que, lo que no pasa de ser un gran espectáculo de masas, con actores excelentemente retribuidos por su buen trabajo, y aún recompensados generosamente por el éxito final obtenido, se le califique de Deporte, con mayúscula. No se trata de hacer comparaciones, que en todo caso no irían en detrimento u ofensa de lo tomado como términos de  comparación, pero si aceptamos que a los actores profesionales de un espectáculo de masas se les califique de deportistas, también me parecería bien llamar así a los actores circenses, incluso a los teatrales, que en nada desmerecen en cuanto a profesionalidad y eficacia con los jugadores de fútbol.

En apoyo de mi tesis traigo a colación la definición que de la palabra Deporte nos ofrece el Diccionario de la R.A.E., donde dice así: ““1: Actividad física ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas.  2: Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre.  3: Por deporte = Por gusto, desinteresadamente””.

Obvio resulta que la idea de deporte va unida al desinterés. Ejemplo de deporte: El fútbol que jugábamos de  muchachos en la plaza pública, o las carrerillas que echábamos, a ver quien llegaba el primero al final del paseo o a la vuelta de la esquina.

Claro que puedo estar equivocado en mis apreciaciones, faltaría más, pero son mías y no voy a renunciar a ellas a estas alturas de mi vida. Sé que ustedes me perdonan por ellas. Gracias por su generosidad para conmigo.

Y lo mismo digo, sobre todo viendo lo que estamos viendo, de esa otra actividad –también gran espectáculo de masas-, que desarrolla buen número de ciudadanos, dedicados a mejorar –dicen ellos-, todos los “status” de sus compatriotas, nuestro modo de ser y estar en la vida, a los que nos desean todo lo bueno de este mundo, desde sanidad hasta educación…., pero sin igualarnos a ellos, por lo menos en cuanto a retribuciones laborales y a requisitos para cobrar una jugosa jubilación, amén de otras cosas.

No sé si afortunada o desgraciadamente conocí de cerca profesionales que desatendieron su profesión por volcarse en cuidar y mejorar la sociedad, sin otro interés que hacer e impartir el bien a los demás, desde unos u otros escalones de la vida pública, unos desde diputados, otros desde concejalías, y algunos hasta desde su simple adscripción a un Partido, o incluso por libres.  Debo tener mala suerte o ser algo gafe, pues debo confesar que todos aquellos hombres de buena fe, idealistas a ultranza, salieron, o bien trasquilados, o bien como el gallo de Morón, sin pluma y sin espolón, incluso alguno pasando por la cárcel y otros viéndose obligados a desterrarse y empezar una nueva vida.

Seguramente, otros hay que, en su lugar, en el ejercicio de esa actividad, ven una segura profesión y suculenta jubilación, amén de un sólido y rápido modo de   enriquecimiento personal, más que una vocación idealista y desinteresada, pero a esos no los conozco, limitándome a sufrirlos, como todo vecino. Me temo que es a ese grupo al que se refiere mi amigo Polidoro, cuando me comenta eso de la política, mostrándome su disconformidad con el nombre de la actividad y de sus actores, para al final decirme: “Si  los tales se llaman políticos, yo soy arzobispo de Constantinopla”.

¡Hombre, Polidoro. Tampoco es eso –le digo-¡

Pero reconozco que algo de razón puede asistirle en lo que dice. Tanto adelanto y tanto invento, y todavía no  se ha dado con una forma de gobierno medianamente aceptable. Y sobre todo más económica para los contribuyentes. En primer lugar, debieran eliminarse las clases privilegiadas, el seguir teniendo una legislación común aplicable a los ciudadanos de a pie, y otra legislación para aplicar a los padres –o tíos, o sobrinos, o lo que sea-, de la patria, es decir a los que pretenden imponerse y dirigirnos a su antojo, aunque no a su igualdad y semejanza. Ya sabemos por experiencia que la igualdad es una utopía, pero una cosa es que no todos seamos iguales, y otra muy distinta que los que debieran darnos ejemplo y constituirse en nuestros guías, nos rebasen por la izquierda o la derecha, por todas partes posibles, y se constituyan en clase privilegiada con el disfrute de singulares prerrogativas.

No me extraña que hubiese un escritor que escribiera algo al respecto y usase para llamar a esos privilegiados el nombre de “la casta”, que en realidad les  aplicaba más como calificativo peyorativo que como simple nominativo.

Al final, el criterio diferenciador es la voracidad y egoísmo pecuniario. Casi podríamos decir, sin temor a equivocarnos mucho, que la vocación de cuidar de la “res publica”, del pueblo llano y sufrido, tiene que ser ejercida como un deporte –tal como el D.R.A.E. y yo lo entendemos-, es decir con desinterés, más como logro de una satisfacción propia que como retribución ajena de cualquier origen. Al “lo hice bien, estoy contento”, propio de cualquier idealista, lo vino a sustituir el “me situé, aseguré mi vida, salga el sol por Antequera”, que algunos parecen preferir, aunque por discreción lo callen.

Se nos ha conducido por caminos y veredas, a su antojo; se nos ha predicado tanto, tanto se nos ha prometido, tan malos ejemplos se nos ha dado, que, al final, se nos ha convertido en ciudadanos incrédulos.

A poco espíritu crítico que uno posea, el único gesto que serviría para recobrar nuestra confianza en “la casta” –usado aquí como nombre y no como calificativo-, sería la espontánea y voluntaria renuncia por parte de sus integrantes a esos privilegios insólitos que la misma ha reservado para sí, con manifiesto olvido y hasta desprecio del pueblo llano, sujetos nosotros a la legislación común, esa legislación que ha dejado de ser común porque ellos así lo han querido.

Como siempre, hago la salvedad de que no quiero ofender a nadie, no es mi estilo, pero veo el espectáculo circense en que se ha convertido esta España nuestra, y no puedo por menos que afligirme por lo que veo, malo, y por lo que intuyo, todavía peor.

Pido perdón a la casta en pleno y concluyo pidiendo a Dios que nos coja confesados. También a ellos. Amén.

Pero, insisto, ni aquello es Deporte, ni esto otro es Política, con mayúsculas. Eso lo tengo claro.

José María Hercilla Trilla

Salamanca, 22 Julio 2010
 

Recuerdos de mis años idos

Fue en los años treinta, en Fornells, cuna del eximio y delicado poeta Gumersindo Riera Sans, aquel que cantaba así, recordando su lugar de origen y su ascendencia pescadora:

                  “El meu pare, l’avi i tots
                  
els de la meva familia
                   foren pescadors d’ofici
                   a la costa nord de l’illa.
                   Ells només pescaven peixos,
                   jo pesc ensomnis i ritmes”

Fue en aquel bello e idílico lugar, cuando en su abrigado puerto amerizaba el hidroavión Dornier, de la Air France, procedente de Marsella y con destino a Argel, con cabida apenas para una docena de pasajeros, que se veía obligado a hacer escala en Fornells para repostar combustible y seguir viaje.

Uno de los empleados de la compañía aérea, marsellés él, se enamoró de una linda menorquina y casó con ella. Cuando cesaron aquellos vuelos –de los que nunca jamás se volvió a saber cosa alguna-, la pareja de recién casados decidió quedarse a vivir en la isla, aquella paradisíaca Menorca, de inolvidable memoria para los que tuvimos la suerte de conocerla entonces.

Por una extraña concatenación de ideas, seguramente por una reciente fotografía en la que aparecen dos andaluces de nacencia, hablándose entre ellos a través de un intérprete, ridículo suceso ocurrido en la conocida como Cámara Alta, he venido a recodar a aquel matrimonio que decía al principio, al que conocí hace ya muchos años, viviendo todavía en Mahón, cuando esa bella y – para mí- inolvidable ciudad, así como la isla entera, la llamada Isla Blanca y Azul, eran un verdadero paraíso de paz, de inalterable e inalterada belleza y armonía.

Aquel matrimonio del marsellés y la guapa isleña, menorquina ella hasta la médula de sus huesos, se hizo célebre en el círculo de sus amistades. De ese matrimonio había nacido un hijo, mozo por entonces de unos quince años, que llevaba trazas de llegar a ser hombre de provecho. De momento, igual que sus padres, dominaba a la perfección el francés, el menorquín y el castellano, estando además el hijo en vías de dominar el inglés, lengua ésta por entonces de menor relevancia  que el francés, que era la considerada como lengua culta y diplomática.

En el hogar familiar se hablaba por todos ellos, indistintamente, una u otra lengua de las tres que padres e hijo dominaban, e incluso –como era frecuente entonces en las islas-, se saltaba de una a otra lengua en la misma conversación, sin que ello originara dificultad alguna de entendimiento entre los parlantes.

Lo malo es que cuando marido y mujer discutían, por cualquiera de los pequeños percances que pueden surgir en cualquier matrimonio, generalmente bien avenido, cada uno de ellos se encastillaba –a falta de en otra cosa mejor-, en sus respectivas lenguas, él en el francés y en el menorquín la esposa, y de ellas no les apeaba nada ni nadie. Cada uno de ellos hablaba o gritaba por su lado, como ignorándose mutuamente, sin encontrar fórmula –voluntad tampoco-, para llegar a entenderse y hacer las paces.

Esta situación inter-matrimonial, que al principio no pasó de ser una desavenencia e ignorancia mutuas de carácter pasajero, fue agravándose con el tiempo, no sé si con la mayor edad de los cónyuges o con la real o supuesta importancia concedida por ellos mismos a los nimios problemas surgidos en sus diarios aconteceres.

El hijo, aquel bravo e inteligente mozo, si al principio ajeno a aquella ridícula situación, conforme fue haciéndose mayorcito empezó a sufrir en sus propias carnes aquel desatinado y absurdo encastillamiento de sus padres, obstinado cada uno en encerrarse en su propia lengua e ignorar todo lo que hasta sus oídos llegase hablado en la lengua del supuesto adversario, marido o mujer.

Decía el marido a la mujer: “Tais-toi, je ne comprends rien”, dándole la espalda,  y contestaba airada ésta al marido: “Calla tu d’una vegada, que no et entenc res”, adoptando igual postura de volverle las costillas.

Y seguía cada uno de ellos hablando, despotricando y en ocasiones hasta gritándose, los dos al mismo tiempo, él en francés, ella en menorquín, sin que lo dicho por una u otro guardasen ilación alguna entre sí.

En una de esas discusiones, cada día más frecuentes entre marido y mujer, apareció por allí el hijo, que hasta entonces se había abstenido de acercarse al lugar del  pelapollos, quien al darse cuenta del aparente o fingido distanciamiento lingüístico establecido entre sus padres, optó por mediar entre ellos, poniéndose a traducir al menorquín lo que su padre gritaba en francés y al francés lo que su madre vociferaba en menorquín.

Sorprendidos al principio de esa espontánea traducción filial y simultanea, dándose cuenta del ridículo papel que estaban haciendo, a marido y mujer les faltó excusa para no llegar a entenderse, acabando con ello aquella absurda postura que un día adoptaron, más por herirse entre ellos que por menospreciar al adversario.

Al fin hubieron de decir conjuntamente: “Vete hijo, no te preocupes. Habíamos perdido el seny, el sentido común,  pero ya lo hemos recobrado. No necesitamos de intérprete para entendernos, sino de buena voluntad. Felizmente, tu intervención nos la ha hecho recobrar”.

Yo sueño con que esa fotografía que digo, la de los dos distinguidos políticos, andaluces de origen ambos, hablándose a través de tercera persona, que pone en evidencia, urbi et orbi, el ridículo papel que ambos interpretan, les sirva –si Dios nos es clemente a los ciudadanos-, para recobrar ese elemental sentido común que jamás debe faltar en la mochila de cualquiera que pretenda gobernarnos. Por favor, recapaciten y dense cuenta de su absurdo y risible comportamiento. Las lenguas, señores, se hicieron para entendernos todos, no para separar a nadie. Ni tan siquiera a los políticos. Por muy mala voluntad de la que quieran presumir. (Y no dudo que es mucha la que tienen. A la vista está.)

José María Hercilla Trilla

Salamanca, 26 Mayo 2010
 

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