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¿Otra vez con las prohibiciones?
Hay días tristes, y hoy es uno de
ellos. Al despertarme y abrir el diario, al leer sus
titulares, he creído encontrarme de nuevo en tiempos de la
oprobiosa, donde nos tenían regulada la vida de tal modo que
todo nos estaba prohibido, o por lo menos controlado, amen
del control que se ejercía sobre cada uno de nosotros,
individualmente. A título de ejemplo, recuerdo aquel
vergonzoso “Salvoconducto de fronteras”, que nos obligaban a
obtener, custodiar y posteriormente exhibir a policías,
guardias civiles o carabineros que así nos lo exigieran , a
todos los que vivíamos en zona fronteriza para podernos
mover a lo largo o ancho de la misma, sin necesidad de
traspasarla. Para poder venir a examinarme a Salamanca
necesitaba ser poseedor de ese “Salvoconducto de fronteras”,
por vivir yo entonces en Aldea del Obispo, bonito pueblo
distante de la frontera portuguesa apenas unos centenares de
metros. Es sólo un ejemplo de prohibición, del que no sé si
mis coetáneos de La Raya –la frontera-, guardarán recuerdo.
Yo tuve que mostrarlo varias veces en mis viajes.
Menos mal que no hay desgracia que
cien años dure. No iba a ser menos aquella situación de
“prohibido o controlado”, ni tampoco quien nos la impuso
entonces iba a ser eterno. Prueba de ello fue la aprobación
por las Cortes Españolas, en 31 de octubre de 1978, de la
Constitución Española, uno de cuyos ejemplares, de los
remitidos entonces a todos los españoles, editado ese mismo
año por Hauser y Menet, S.A., guardo fielmente en uno de los
cajones de mi mesa, al que me remito de vez en cuando,
cuando en mi vuelve a surgir el temor o la duda de poder
recaer de nuevo en aquella oprobioso falta de libertad que
tuvimos en España.
Los titulares del diario matutino
que digo, me anuncian, en letra grande, que en esta España
nuestra, la de las “libertades conquistadas con la sangre
derramada al calor de un Viva España”, como cantábamos en el
patio del pacense Cuartel de Menacho, en posición de firmes
y perfectamente alineados antes de pasar al comedor. Era a
últimos de los años cuarenta. Pues bien, en esta España
nuestra de ahora, se ha vuelto a prohibir de nuevo, gesto
–el de prohibir-, que creíamos tener olvidado para siempre.
O por lo menos para los cien años que debe durar todo.
Se han prohibido las corridas de
toros. Confieso que esa es una fiesta, que aún sin entrar a
juzgarla, nunca me gustó. A excepción de asistir a algunas
capeas, sólo en una ocasión asistí a una corrida, de las de
verdad, a la que fui invitado por mi cuñado Manolo, y debo
confesar que a mediados del segundo toro abandoné la plaza,
no por la posible crueldad del espectáculo, sino por tener
la sensación de “deja vû”, de ser el segundo toro como
repetición del primero. Pido perdón a los aficionados a la
Fiesta Nacional por aquella deserción, prueba de mi evidente
falta de cultura taurómaca. Mi infancia en Menorca puede
tener la culpa, no lo sé. Puedo pues asegurar que no he
contribuido en toda mi larga vida a la muerte de un solo
toro bravo, después de aquel primero que cuento. Si no puedo
decir de mí que en mis años de mocedad fui hombre de un solo
amor, si puedo asegurar que lo fui de un solo toro. Que Dios
no me lo tenga en cuenta. Obvio es decir que aunque yo me
salí de la Plaza, dejé en ella a mi cuñado disfrutando del
espectáculo taurino completo. Como debe hacerse todo, con
libertad, pero para todos, para el amante de las corridas y
para aquéllos a los que no les petan.
En este inane comentario no he de
entrar en la contradicción en que incurren los que prohíben
la fiesta nacional por excelencia, por eso de ser nacional,
y sin embargo respetan sus localistas correbous de astas
antorchadas y sus toros cap-enllaçats o ensogados, también
por eso de ser de casa. Otras plumas más autorizadas ya lo
hicieron y poco puede añadirse a lo por ellos expresado.
Ni a lo del viejo sueño de algunos
liberales, luchando siempre por la implantación del precepto
legal de “Prohibido prohibir”.
Es mucho lo que se puede escribir
sobre el sin seny de quienes se nos han colado de
redentores, sin antes haberse redimido ellos. Obligado –creo
yo-, era haber empezado antes por establecer un verdadero
orden de prioridades en cuanto a problemas pendientes de
resolver, a cuyo remedio ir atendiendo escalonadamente, sin
entrar a entender de uno de ellos sin haber solucionado el
anterior. ¿No era más urgente atender a los millones de
parados que a una cuestión de cuernos, por eso de la
crueldad que se invoca por algunos? ¿No es más cruel ver
pasar hambre a los hijos que ver pinchar a un toro? Y
puestos a entender o a admitir que la crueldad es problema
de primer orden, ¿por qué no diferenciar antes quién es más
digno de poner en salvaguarda, si el toro o el hombre? Y no
digo esto metiendo aquí, de rondón, ”als castellers”, con el
evidente sufrimiento de los portadores y el peligro de todos
sus componentes, incluso el “dels nois” del último piso, de
lo que algunos ya han escrito. Me refiero a que quienes
parecen dolerse de que un toro sea estoqueado de frente, con
riesgo para el torero, no tienen empacho alguno en
acribillar, por la espalda y a cubierto de todo riesgo, al
adversario político que intentan eliminar, cargando sobre él
mil invectivas, insidiosas todas ellas.
Ni voy a entrar tampoco en
consideraciones jurídico-constitucionales sobre capacidades
y competencias de los “prohibidores” de turno. No voy en
esta ocasión a socorrerme con el ejemplar de Constitución
que reposa en un cajón de mi mesa, al alcance siempre de mi
mano, dejando esa labor de interpretación de aquélla al
distinguido catedrático de Derecho Constitucional, don Jorge
de Esteban, y al de Administrativo, don Tomás Ramón
Fernández, entre otros, que ya lo hicieron, y además con
total acierto y probada ecuanimidad en las páginas de un
diario de ámbito nacional. Recomiendo su lectura. Si no se
tienen prejuicios, si se es dado a seguir un razonamiento
lógico y sobradamente fundado, nadie podrá dejar de
adherirse a lo dicho por ellos.
Claro está que si uno cree ser
portador y dueño de la verdad absoluta, si uno se cree el
más guapo, el más listo, el fiel depositario de una lengua
única, el custodio de una cultura propia y diferenciada, muy
superior a las de pueblos vecinos, si además cree a pies
juntillas que vive en una nación con méritos bastantes para
independizarse de aquélla de la que lleva siglos formando
parte, entonces no he dicho nada. Respeto su dogmática
opinión y a cambio suplico que él respete la mía, tan digna
de ser atendida como la que él sustenta. Entiendo que las
opiniones no son objeto de imposición; meramente de
exposición, por lo menos entre personas educadas.
Como ven ustedes, caros amigos,
todavía no he dicho ni una sola palabra a favor de las
corridas de toros, aunque sí empecé diciendo y recalqué que
sólo he visto lidiar un toro, hace de esto mil años. No se
trata pues de defender la Fiesta, sino de defender el
derecho de todo ciudadano de asistir a ella, sin que nadie
se lo impida, o de quedarse en casa, como yo hago. Nada más
y también nada menos. Desgraciadamente, el afán “prohibidor”
–dejémoslo escrito así-, suele ir unido a complejos de
inferioridad, y ello es evidente, especialmente en estos
casos en los que se asegura no hacerlo por revanchismo
político. Es un quererse hacer notar, por lo que sea. Y se
puede obrar embistiendo, y se puede hacerlo razonando,
aunque para esto último se exige una preparación, que obvio
es que no todos tienen. Por lo menos, si tuvieran sentido
común, aquél que para todos los políticos pedía a Dios la
mujer de mi amigo Polidoro, quizá no nos fuese tan mal.
Aquella oración, en cuyo rezo sorprendimos a la buena mujer,
y que yo desde entonces repito a diario, pidiendo para todos
los políticos “sentido común, acrisolada honradez y
acendrado amor a la Justicia”, no debe ser muy eficaz, por
lo menos en cuanto a lo del “sentido común”, vistos los
oídos sordos que el Señor hace a mis rezos.
No voy a insistir más, no quiero
cansarles, pero sigo creyendo que el absolutismo político es
fruto de gente pequeña, políticamente hablando, claro está-,
y con complejos de inferioridad, y vive Dios que no está en
mi ánimo ofender ni molestar a nadie, admitiendo, ya de
entrada, que puedo ser yo el equivocado, y ellos excelsos
redentores del género humano y también, ya de paso y por
casualidad –por no tener cosa mejor de qué echar mano-, de
los toros de lidia. Pero me asusta una nación gobernada por
ciertos políticos que pudieren alcanzar la mayoría absoluta
para gobernarnos y por ende prohibirnos a su antojo. La
libertad es sagrada y debemos respetarla todos y en todas
partes y tiempos. Y el que quiera ver una corrida de toros,
que la vea. ¡Mientras a mí no me obliguen a asistir….!
Cuando los “prohibidores” de
pacotilla se declaren vegetarianos integrales, empezaremos a
hablar de crueldades, pero no sólo en las Plazas, también en
los mataderos.
Pido perdón si mis opiniones pueden
molestar a alguien. No fue ésa mi intención al ponerme a
divagar. Lo juro, amigos.
José María Hercilla Trilla
Salamanca,
05
Agosto
2010
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De lo que dicen ser Deporte y Política
En estos últimos tiempos existe -o ha
existido-, cierto riesgo de empacho de dos cosas,
principalmente, y desde luego desde mi particular punto de
vista, que no pretendo que nadie comparta conmigo, claro,
aunque siempre se agradece encontrar compañeros en el
camino, sea éste cual fuese. Se hace menos desabrido el
caminar.
Me estoy refiriendo al espectáculo del
fútbol y al espectacular circo de la gestión pública, a los
que se suele llamar deporte y política. Seguramente estoy
equivocado, pero siempre entendí por deporte el ejercicio
que se hace por vocación y con desprendimiento, sin esperar
de él otra cosa que satisfacción propia y, en el mejor de
los casos, una corona de laurel o una medalla acreditativa
del triunfo obtenido por el atleta o simplemente de su
participación en el certamen.
Como igualmente, remitiéndome a tiempos
lejanos, así como también a ejemplos próximos e incluso
familiares, también entendí la vocación de mejorar la
sociedad, como una ilusión idealista que lo único que
proporcionaba al que a ella dedicaba sus esfuerzos, era
merma de su libertad y de su tiempo, y no pocas veces
también merma económica, sobre todo si el que se sentía
llamado a facilitar y fomentar el bien público quería
mostrarse acorde consigo mismo y demostrar que su modo de
vida se correspondía con los ideales que predicaba a los
demás.
No quiero decir con esto que ni el
atleta que busca el triunfo, ni el idealista que ansía
mejorar el mundo, deban vivir como ascetas, austeramente
sacrificados en tanto en cuanto se dedican a lo que
constituye su vocación. De tonto, siempre he tenido algo, no
lo niego, pero siempre estuve conforme en aquello de que
hasta el cura debe vivir de su altar. No iban a ser menos
que los curas los esforzados atletas, ni tampoco los
soñadores ciudadanos que dedicaban gran parte de su tiempo y
sus esfuerzos a mejorar las condiciones de vida de sus
coetáneos.
Pero cuando el esfuerzo atlético por
una parte, y la dedicación puramente idealista hacia el
prójimo por otra, se transforman en profesiones más que
lucrativas y adoptan los nombres de deporte y política,
entonces, y perdón por la expresión, se me hunden los palos
del sombrajo. Algo en mi interior rechina.
Estos días pasados, en los que el
fútbol ha sido el plato dominante, días en los que
sobradamente se ha demostrado al mundo que España dominaba
ese juego, nos han servido a los españoles para alcanzar la
cima lúdica gracias al buen hacer de nuestros jugadores,
mérito que nadie les discute. Lo que no alcanzo a comprender
es que, lo que no pasa de ser un gran espectáculo de masas,
con actores excelentemente retribuidos por su buen trabajo,
y aún recompensados generosamente por el éxito final
obtenido, se le califique de Deporte, con mayúscula. No se
trata de hacer comparaciones, que en todo caso no irían en
detrimento u ofensa de lo tomado como términos de
comparación, pero si aceptamos que a los actores
profesionales de un espectáculo de masas se les califique de
deportistas, también me parecería bien llamar así a los
actores circenses, incluso a los teatrales, que en nada
desmerecen en cuanto a profesionalidad y eficacia con los
jugadores de fútbol.
En apoyo de mi tesis traigo a colación
la definición que de la palabra Deporte nos ofrece el
Diccionario de la R.A.E., donde dice así: ““1: Actividad
física ejercida como juego o competición, cuya práctica
supone entrenamiento y sujeción a normas. 2: Recreación,
pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo
común al aire libre. 3: Por deporte = Por gusto,
desinteresadamente””.
Obvio resulta que la idea de deporte va
unida al desinterés. Ejemplo de deporte: El fútbol que
jugábamos de muchachos en la plaza pública, o las
carrerillas que echábamos, a ver quien llegaba el primero al
final del paseo o a la vuelta de la esquina.
Claro que puedo estar equivocado en mis
apreciaciones, faltaría más, pero son mías y no voy a
renunciar a ellas a estas alturas de mi vida. Sé que ustedes
me perdonan por ellas. Gracias por su generosidad para
conmigo.
Y lo mismo digo, sobre todo viendo lo
que estamos viendo, de esa otra actividad –también gran
espectáculo de masas-, que desarrolla buen número de
ciudadanos, dedicados a mejorar –dicen ellos-, todos los
“status” de sus compatriotas, nuestro modo de ser y estar en
la vida, a los que nos desean todo lo bueno de este mundo,
desde sanidad hasta educación…., pero sin igualarnos a
ellos, por lo menos en cuanto a retribuciones laborales y a
requisitos para cobrar una jugosa jubilación, amén de otras
cosas.
No sé si afortunada o desgraciadamente
conocí de cerca profesionales que desatendieron su profesión
por volcarse en cuidar y mejorar la sociedad, sin otro
interés que hacer e impartir el bien a los demás, desde unos
u otros escalones de la vida pública, unos desde diputados,
otros desde concejalías, y algunos hasta desde su simple
adscripción a un Partido, o incluso por libres. Debo tener
mala suerte o ser algo gafe, pues debo confesar que todos
aquellos hombres de buena fe, idealistas a ultranza,
salieron, o bien trasquilados, o bien como el gallo de
Morón, sin pluma y sin espolón, incluso alguno pasando por
la cárcel y otros viéndose obligados a desterrarse y empezar
una nueva vida.
Seguramente, otros hay que, en su
lugar, en el ejercicio de esa actividad, ven una segura
profesión y suculenta jubilación, amén de un sólido y rápido
modo de enriquecimiento personal, más que una vocación
idealista y desinteresada, pero a esos no los conozco,
limitándome a sufrirlos, como todo vecino. Me temo que es a
ese grupo al que se refiere mi amigo Polidoro, cuando me
comenta eso de la política, mostrándome su disconformidad
con el nombre de la actividad y de sus actores, para al
final decirme: “Si los tales se llaman políticos, yo soy
arzobispo de Constantinopla”.
¡Hombre, Polidoro. Tampoco es eso –le
digo-¡
Pero reconozco que algo de razón puede
asistirle en lo que dice. Tanto adelanto y tanto invento, y
todavía no se ha dado con una forma de gobierno
medianamente aceptable. Y sobre todo más económica para los
contribuyentes. En primer lugar, debieran eliminarse las
clases privilegiadas, el seguir teniendo una legislación
común aplicable a los ciudadanos de a pie, y otra
legislación para aplicar a los padres –o tíos, o sobrinos, o
lo que sea-, de la patria, es decir a los que pretenden
imponerse y dirigirnos a su antojo, aunque no a su igualdad
y semejanza. Ya sabemos por experiencia que la igualdad es
una utopía, pero una cosa es que no todos seamos iguales, y
otra muy distinta que los que debieran darnos ejemplo y
constituirse en nuestros guías, nos rebasen por la izquierda
o la derecha, por todas partes posibles, y se constituyan en
clase privilegiada con el disfrute de singulares
prerrogativas.
No me extraña que hubiese un escritor
que escribiera algo al respecto y usase para llamar a esos
privilegiados el nombre de “la casta”, que en realidad les
aplicaba más como calificativo peyorativo que como simple
nominativo.
Al final, el criterio diferenciador es
la voracidad y egoísmo pecuniario. Casi podríamos decir, sin
temor a equivocarnos mucho, que la vocación de cuidar de la
“res publica”, del pueblo llano y sufrido, tiene que ser
ejercida como un deporte –tal como el D.R.A.E. y yo lo
entendemos-, es decir con desinterés, más como logro de una
satisfacción propia que como retribución ajena de cualquier
origen. Al “lo hice bien, estoy contento”, propio de
cualquier idealista, lo vino a sustituir el “me situé,
aseguré mi vida, salga el sol por Antequera”, que algunos
parecen preferir, aunque por discreción lo callen.
Se nos ha conducido por caminos y
veredas, a su antojo; se nos ha predicado tanto, tanto se
nos ha prometido, tan malos ejemplos se nos ha dado, que, al
final, se nos ha convertido en ciudadanos incrédulos.
A poco espíritu crítico que uno posea,
el único gesto que serviría para recobrar nuestra confianza
en “la casta” –usado aquí como nombre y no como
calificativo-, sería la espontánea y voluntaria renuncia por
parte de sus integrantes a esos privilegios insólitos que la
misma ha reservado para sí, con manifiesto olvido y hasta
desprecio del pueblo llano, sujetos nosotros a la
legislación común, esa legislación que ha dejado de ser
común porque ellos así lo han querido.
Como siempre, hago la salvedad de que
no quiero ofender a nadie, no es mi estilo, pero veo el
espectáculo circense en que se ha convertido esta España
nuestra, y no puedo por menos que afligirme por lo que veo,
malo, y por lo que intuyo, todavía peor.
Pido perdón a la casta en pleno y
concluyo pidiendo a Dios que nos coja confesados. También a
ellos. Amén.
Pero, insisto, ni aquello es Deporte,
ni esto otro es Política, con mayúsculas. Eso lo tengo
claro.
José María Hercilla Trilla
Salamanca,
22
Julio
2010
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Recuerdos de mis años idos
Fue en los años treinta, en Fornells,
cuna del eximio y delicado poeta Gumersindo Riera Sans,
aquel que cantaba así, recordando su lugar de origen y su
ascendencia pescadora:
“El
meu pare, l’avi i tots
els de la meva familia
foren pescadors d’ofici
a la costa nord de l’illa.
Ells només pescaven peixos,
jo pesc ensomnis i ritmes”
Fue en aquel bello e idílico lugar,
cuando en su abrigado puerto amerizaba el hidroavión Dornier,
de la Air France, procedente de Marsella y con destino a
Argel, con cabida apenas para una docena de pasajeros, que
se veía obligado a hacer escala en Fornells para repostar
combustible y seguir viaje.
Uno de los empleados de la compañía
aérea, marsellés él, se enamoró de una linda menorquina y
casó con ella. Cuando cesaron aquellos vuelos –de los que
nunca jamás se volvió a saber cosa alguna-, la pareja de
recién casados decidió quedarse a vivir en la isla, aquella
paradisíaca Menorca, de inolvidable memoria para los que
tuvimos la suerte de conocerla entonces.
Por una extraña concatenación de
ideas, seguramente por una reciente fotografía en la que
aparecen dos andaluces de nacencia, hablándose entre ellos a
través de un intérprete, ridículo suceso ocurrido en la
conocida como Cámara Alta, he venido a recodar a aquel
matrimonio que decía al principio, al que conocí hace ya
muchos años, viviendo todavía en Mahón, cuando esa bella y –
para mí- inolvidable ciudad, así como la isla entera, la
llamada Isla Blanca y Azul, eran un verdadero paraíso de
paz, de inalterable e inalterada belleza y armonía.
Aquel matrimonio del marsellés y la
guapa isleña, menorquina ella hasta la médula de sus huesos,
se hizo célebre en el círculo de sus amistades. De ese
matrimonio había nacido un hijo, mozo por entonces de unos
quince años, que llevaba trazas de llegar a ser hombre de
provecho. De momento, igual que sus padres, dominaba a la
perfección el francés, el menorquín y el castellano, estando
además el hijo en vías de dominar el inglés, lengua ésta por
entonces de menor relevancia que el francés, que era la
considerada como lengua culta y diplomática.
En el hogar familiar se hablaba por
todos ellos, indistintamente, una u otra lengua de las tres
que padres e hijo dominaban, e incluso –como era frecuente
entonces en las islas-, se saltaba de una a otra lengua en
la misma conversación, sin que ello originara dificultad
alguna de entendimiento entre los parlantes.
Lo malo es que cuando marido y mujer
discutían, por cualquiera de los pequeños percances que
pueden surgir en cualquier matrimonio, generalmente bien
avenido, cada uno de ellos se encastillaba –a falta de en
otra cosa mejor-, en sus respectivas lenguas, él en el
francés y en el menorquín la esposa, y de ellas no les
apeaba nada ni nadie. Cada uno de ellos hablaba o gritaba
por su lado, como ignorándose mutuamente, sin encontrar
fórmula –voluntad tampoco-, para llegar a entenderse y hacer
las paces.
Esta situación inter-matrimonial,
que al principio no pasó de ser una desavenencia e
ignorancia mutuas de carácter pasajero, fue agravándose con
el tiempo, no sé si con la mayor edad de los cónyuges o con
la real o supuesta importancia concedida por ellos mismos a
los nimios problemas surgidos en sus diarios aconteceres.
El hijo, aquel bravo e inteligente
mozo, si al principio ajeno a aquella ridícula situación,
conforme fue haciéndose mayorcito empezó a sufrir en sus
propias carnes aquel desatinado y absurdo encastillamiento
de sus padres, obstinado cada uno en encerrarse en su propia
lengua e ignorar todo lo que hasta sus oídos llegase hablado
en la lengua del supuesto adversario, marido o mujer.
Decía el marido a la mujer:
“Tais-toi, je ne comprends rien”, dándole la espalda, y
contestaba airada ésta al marido: “Calla tu d’una vegada,
que no et entenc res”, adoptando igual postura de volverle
las costillas.
Y seguía cada uno de ellos hablando,
despotricando y en ocasiones hasta gritándose, los dos al
mismo tiempo, él en francés, ella en menorquín, sin que lo
dicho por una u otro guardasen ilación alguna entre sí.
En una de esas discusiones, cada día
más frecuentes entre marido y mujer, apareció por allí el
hijo, que hasta entonces se había abstenido de acercarse al
lugar del pelapollos, quien al darse cuenta del aparente o
fingido distanciamiento lingüístico establecido entre sus
padres, optó por mediar entre ellos, poniéndose a traducir
al menorquín lo que su padre gritaba en francés y al francés
lo que su madre vociferaba en menorquín.
Sorprendidos al principio de esa
espontánea traducción filial y simultanea, dándose cuenta
del ridículo papel que estaban haciendo, a marido y mujer
les faltó excusa para no llegar a entenderse, acabando con
ello aquella absurda postura que un día adoptaron, más por
herirse entre ellos que por menospreciar al adversario.
Al fin hubieron de decir
conjuntamente: “Vete hijo, no te preocupes. Habíamos perdido
el seny, el sentido común, pero ya lo hemos recobrado. No
necesitamos de intérprete para entendernos, sino de buena
voluntad. Felizmente, tu intervención nos la ha hecho
recobrar”.
Yo sueño con que esa fotografía
que digo, la de los dos distinguidos políticos, andaluces de
origen ambos, hablándose a través de tercera persona, que
pone en evidencia, urbi et orbi, el ridículo papel que ambos
interpretan, les sirva –si Dios nos es clemente a los
ciudadanos-, para recobrar ese elemental sentido común que
jamás debe faltar en la mochila de cualquiera que pretenda
gobernarnos. Por favor, recapaciten y dense cuenta de su
absurdo y risible comportamiento. Las lenguas, señores, se
hicieron para entendernos todos, no para separar a nadie. Ni
tan siquiera a los políticos. Por muy mala voluntad de la
que quieran presumir. (Y no dudo que es mucha la que tienen.
A la vista está.)
José María Hercilla Trilla
Salamanca,
26
Mayo
2010
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PLAN DE AJUSTE.
RECORTE DE SUELDOS PÚBLICOS
Primer día de la cuesta abajo. A las caceroladas del primer
minuto, apenas acabada la votación en el Congreso, seguirá
más ruido, mucho ruido, el estallido de ese “estado del
bienestar” que en realidad nunca existió para varios
millones, y que ya jamás existirá. Se inicia una peligrosa
marcha atrás, que en lugar de alcanzar la “renta per cápita”
de Italia, Francia o incluso Alemania, que de inmediato
prometía Zapatero, nos acercaremos a la de Portugal, Grecia,
o hacia la de Marruecos.
Y puestos a
disparatar, a esa medida de rebajar los sueldos podrían
seguir:
- El
desmantelamiento de todo el andamiaje empresarial público,
semipúblico o parapúblico, del propio Estado o Comunidades
Autónomas, Ayuntamientos y entes híbridos subvencionados,
todos operando a través de cientos de sociedades anónimas
para burlar las leyes de control del dinero público.
- El copago en sanidad y enseñanza, ya anunciado.
- ¿Y la
Justicia, engendro donde los haya?
- El aumento de todos los impuestos, inevitable.
- El despido del último millón de funcionarios.
- La reforma laboral lesiva a los intereses de los
trabajadores, dice, el de UGT, o sea, una oficina del
Gobierno.
- ¿Y meter mano a unas pensiones, que en principio se
congelan, tras las que se esconden millones en el umbral de
la miseria, o alimentados por sus familias o caridad
pública?
¡La locura!
Porque además
sin esas elucubraciones el decreto más significativo del
CRAC no sirve para nada. El descuadre de las finanzas
públicas es solo una parte de la quiebra del Estado, el
verdadero problema radica en el podrido Sistema Financiero,
en el pozo sin fondo de las quebradas cajas de ahorros.
Por cierto,
¿alcanzará el decretazo a las cajas y bancos, empresas
avaladas en parte o todo por el Estado? ¿Y a su infinidad
de empresas propiedad o participadas, esos antiguos
monopolios o oligopolios que gobiernan sus ejecutivos tras
la venta por el Estado, la mal llamada privatización, donde
los sueldos y prebendas de consejos de administración
multiplican en mucho a los sueldos públicos? Me temo que
no. Una cifra insondable, que unida a la deuda exterior,
generada por la suma del Déficit y la Quiebra del Sistema
Financiero, hace que cualquier medida sea un parche que al
deshinchar el globo cree más problema que solución.
Y esas
señorías, 169, votando a favor del recorte obedeciendo al
líder, porque de lo contrario se quedan sin sueldo, es parte
de problema, quizá todo el problema. Pero sería lo mismo si
gobernaran los otros 168. ¿Qué Democracia es esa que se vota
por obligación, por voto cautivo? Parecido a las Cortes de
Franco.
De nuevo las
preguntas: ¿Para cuando elecciones primarias, listas
abiertas y libertad de voto de los elegidos? ¿Para cuando la
separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial?
Y a las preguntas que siempre me hago, le sigue la
respuesta; que tampoco eso arreglaría nada, pero sabríamos
donde estamos.
Y de nuevo me
respondo tras tanta pregunta; ¡que tengamos suerte!, y que
los europeos, contentos porque a su criterio nos ponen en
cintura, permitan que España reciba los euros necesarios
para que sus cajeros y ventanillas bancarias continúen
pagando, a la par que los políticos-financieros arreglen,
maquillen o endosen al Estado, sus quiebras sin tocar los
euros convertidos en negro en el gran FRAUDE
FINANCIERO-INMOBILIARIO.
Rafael del Barco Carreras
Ver…www.lagrancorrupcion.com
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Redefinición de palabras, ideas y conductas. Sobre todo,
éstas
Antes de empezar a hablar, y sobre
todo antes de ponerse a arreglar el mundo -se entiende
que ellos, los arregladores de profesión, no
nosotros-, tendríamos que sentarnos todos, para
entenderles luego, a definir correctamente, de modo
indubitado, algunas de las muchas palabras que les oímos
pronunciar alegremente, a troche y moche, a toda nuestra
casta política, palabras que lo mismo sirven para un
cosido que para un zurcido, y que nos dejan sumidos en
un mar de dudas, sin saber a qué, o a quién se refieren
con ellas.Está uno más
que harto, por ejemplo, de oírles hablar de derechas e
izquierdas, de ricos y pobres, sin que a estas alturas
sepamos a ciencia cierta quienes son unos y otros, e
incluso hasta sin saber si es posible que puedan darse
las clasificaciones de rico de derechas y rico de
izquierdas, de pobres de izquierda y pobres de derechas.
Tampoco tenemos muy claro quienes son ricos y quienes
son pobres, y mucho menos qué se entiende por ser de
derechas o ser de izquierdas, sobre todo si les añadimos
el remoquete de “de toda la vida”, usado por muchos como
blasón a tenerse en cuenta, como distintivo de clase.
No cabe duda, creo yo, que la
riqueza de cada sujeto tiene mucho que ver con su
codicia, y que mientras alguno puede sentirse rico con
tener un capital de veinte mil euros, o incluso con
saber que tiene asegurado de por vida un techo para
cobijarse y un plato en la mesa, otros hay a los que
todo el oro del mundo les parece insuficiente a sus
merecimientos. Y no sólo eso, sino que no dudan en
cometer una vileza para incrementar su patrimonio,
siempre a costa de amenguar el de terceros.
La avaricia o afán desordenado
de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas, junto
con la codicia o afán excesivo de ellas, aparte de
servir como muestra para catalogar a las personas, es
obstáculo evidente para que quienes tales desmedidos
afanes padecen se dejen incardinar en una u otra de esas
simplistas divisiones de ricos y de pobres. Nunca verán
ellos saciados sus afanes de enriquecerse más y más, y
quién así piensa y obra, evidente resulta que es un
pobre, o, por lo menos, un rico todavía no lo
suficientemente rico, que viene a ser lo mismo que
seguir siendo pobre. Para su desgracia, claro está.
Intenta tú encuadrar a este
sujeto, a efectos fiscales, en el grupo de los ricos, a
fin de que contribuya con proporcional parte de su
tesoro a la comunidad, y verás como se defiende y opone
a tal encuadre y contribución. Verás como se escuda en
que todos somos iguales y que, por ello, no se le puede
a él exigir mayor contribución que a cualquier pelanas
contribuyente, que para eso estamos.
Yo recuerdo, de cuando estudiaba
primero de Derecho, aquello que se nos decía de que el
Estado está constituido para, entre otras cosas, dar al
ciudadano lo que éste necesite, y recibir de los
ciudadanos conforme a la capacidad económica de cada uno
de ellos. La cosa estaba bien clara, y uno, en su
simpleza e idealismo juveniles, se sentía orgulloso de
ser ciudadano de un Estado que así se comportaba con
todos los necesitados, socorriéndoles, y al que todos
correspondíamos conforme y proporcionalmente a nuestras
posibilidades. Y no sólo eso, sino que hasta creíamos
que no habría nadie que pudiera discutir ese principio.
Claro está que, para que su
aplicación fuere factible sin reparos, también habría de
estar vigente, además de ese principio, aquel otro que
también nos predicaban de la igualdad de todos los
hombres en un futuro Estado democrático. Digo lo del
futuro, pues en aquellos lejanos años de la “oprobiosa”,
lo de la democracia se encontraba en entredicho, por
decir algo de cómo estaban las cosas por entonces. Pero
bueno, lo de la igualdad y lo del reparto de cargas a
los más pudientes y de ayudas a los más necesitados de
ellas, eso eran principios que se nos ofrecían como
intangibles.
Lo que nunca, en nuestra
ingenuidad, creímos que fuere posible es esta triste e
ignominiosa realidad de que los que más tienen, más
facilidad tienen también para escaquearse de sus
obligaciones fiscales, mediante una serie de recursos o
estrategias implantados por ellos mismos en los
ordenamientos legales, a efectos de salvar sus
responsabilidades. Legales, que no morales.
Volviendo a lo que decía al
principio, de definir correctamente las palabras para
saber a qué se refieren los “arregladores” del universo
cuando nos hablan, no sólo es la de pobre y rico,
izquierdas y derechas –las más usadas-, sino otras
muchas de las que antes uno tenía clara conciencia, pero
que ahora no sabemos realmente que significan. Cuando me
hablan de que vivimos en un Estado socialista, de que
nuestros “arregladores” son de ideología socialista, no
puedo por menos de acordarme de mi amigo Polidoro, que a
esto dice que: ”Este socialismo, que me lo claven en la
frente”, como prueba de su manifiesta incredulidad en
esa predicada y prodigada ideología, que no viene a
corresponderse ni con la forma de gobernar ellos, ni
tampoco con la de vivir cada uno de esos “socialistas
arregladores” sus respectivas vidas privadas, más dados
ellos al lujo, a la ostentación, a la opulencia y al
derroche de sus emergentes y crecientes fortunas, que a
vivir y manifestarse como algunos ingenuos llegamos a
creer que era preciso hacer cuando se presumía de
socialista.
Hasta tanto suframos eso, a lo
que nos tiene acostumbrados la casta de arregladores de
la cosa pública o políticos en ejercicio, de que se
puede ser públicamente de izquierdas y además
socialista, pero viviendo privadamente como si se fuese
de derechas y además capitalista, me será imposible, ni
entender lo que me dicen, ni dar crédito a lo que
prediquen al contribuyente.
En la redefinición de ciertas
ambiguas palabras, en la criba de ciertas conductas
“ostentóreas” y en el seguimiento y averiguación de
improvisadas fortunas, surgidas poco menos que de la
nada, podrían sentarse las bases de futuras
credibilidades, hoy esfumadas en la conciencia popular,
más por obra de los “arregladores”, que por voluntad de
los mal arreglados.
Allá por los años cuarenta, de
funesta memoria, la casta estaba compuesta
principalmente por los estraperlistas, de toda índole y
de todo tamaño, que pasaron a controlar –hasta donde
alcanzaron sus influencias- la vida administrativa de
aquella nación en ruinas y a hacerse con casi todo el
dinero que se había salvado de la quema. Surgieron las
grandes fortunas, inexplicadas e inexplicables. Conocí
uno de aquellos arribistas, a quien el pueblo no le
perdonaba, no sus inicuas explotaciones e insólita y
adventicia riqueza, sino su soberbia, su despotismo, su
insolencia de nuevo cuño, incluso con aquellos mismos
que antes habían sido sus iguales de toda la vida, sus
convecinos de siempre, hasta sus compañeros de infancia.
Hablando de esa extraña conducta con mi abuela, mujer
prudente ella, vino a darme –como única explicación a
mis dudas-, la siguiente respuesta: “No olvides nunca,
nieto, que no hay cosa que pique más, que un piojo
vestido de limpio”. Cuidado que han pasado años desde
entonces, pero no encuentro mejor frase para explicarme
ciertas conductas contemporáneas. Y también, ¿por qué
no?, imperdonables.
O nos ponemos de acuerdo en el
recto significado de las palabras o no vamos a ninguna
parte. De esa discordancia entre lo que se dice y lo que
se hace, entre lo que se predica y cómo realmente viven
ciertos predicadores, viene esa creciente desconfianza
hacia la casta, hacía cualquiera de ellas, de derechas o
de izquierdas, que –en principio- no parecen ofrecer ni
garantizar muchas diferencias entre sí.
Escribo esto sin ánimo alguno de
ofensa, a título de comentario personal e
intrascendente, enfebrecido quizás por las desusadas
temperaturas que estamos sufriendo en esta tarde de
mayo, más propias del mes de julio que de ahora, calores
que me tienen el espíritu “escocío”. A ver si se
moderan, las temperaturas por un lado y ellos, los
“arregladores” del Universo por otro, haciendo lo
posible éstos por ponerse a vivir como si realmente
fuesen de izquierdas, lo que dicen ellos que son. Pero
que yo no lo veo.
José María Hercilla Trilla
Salamanca,
22
Mayo
2010
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